Esta semana doy una fiesta, y como siempre que se celebra algo surge el problema de la lista de invitados.
El lío de la lista es algo a lo que todos nos enfrentamos desde pequeñitos. Si te dejan celebrar tu cumpleaños generalmente no puedes invitar a toda la clase y sí o sí quedas mal con alguien. Si no te dejan celebrarlo habrá quien deje de invitarte porque espera correspondencia...
En fin, que el momento de "¿a quién invito?" suele postergarse y evitarse en la medida de lo posible.
Hay gente a la que tienes claro que quieres invitar, y lo haces.
Otra a la que sabes que "tienes" que invitar. Y es ahí donde comienza el lío, porque se mezla el sentimiento de obligación y la rebelión en contra de tal imposición.
Puedes optar por no hacerlo y demostrar tu gran personalidad y que te la trae al fresco quién se sienta ofendido.
O, como me ha pasado a mi, por ir ampliando la lista para intentar no quedar mal con toda la gente del nuevo curro y rezar para que la mayoría decidan que no pueden ir.
De esta forma tan tonta me he juntado con más de 70 invitados, de los que afortunadamente muchos están liadísimos. Menos mal que no ha habido pleno, pues no sabría donde meterlos a todos, que el nuevo piso es más grande que el anterior, pero no es una sala de fiestas...
De todos modos esto son males menores. Los grandes problemas se plantean cuando tú quieres invitar a alguien y tu pareja no quiere, o a la inversa. O aún peor, cuando hay presiones por parte de familiares y amigos.
Esto último suele abundar en las bodas, la pesadilla de todo fóbico a las listas como yo.
O quedas mal con todo quisqui o invitas a ciento y la madre y el concepto de que esté sólo la gente que realmente te importa pierde sentido. Por ello voy a ver qué tal se da la experiencia de la fiesta y a dar gracias por no tener que organizar otro tipo de eventos...